LONGAS, Pedro: «La vida religiosa de los moriscos».Universidad de Granada,1998
» Que el susodicho se a hallado muchas veces en entierros de moros, a los cuales a echo soterrar el sudo dicho con çeremonias de moros, haçiendo las huesas muy angostas para hecharlos de lado, y poniendo la cara a la alquila; poniendo también las mesmas huesas huecas, y no echándoles tierras encima, sino unas losas que cubren las sepulturas». leg.50. Exp.23.AHN
Vista de una de las tumbas moriscas de la Alquería de Benieto en extramuros de Gandía
Tumba morisca de la Alquería morisca de Benieto. Véanse la tejas que hacen la función de losa para cubrir la tumba
COMENTARIO DEL AUTOR
Con mayor motivo que en otros aspectos de los rituales islámicos clandestinos que practicaban los moriscos, el del enterramiento dio lugar a numerosas campañas de persecución por parte de las autoridades religiosas. Los reos de los rituales de la muerte fueron con frecuencia las mujeres, las comadres moriscas encargadas de amortajar a los difuntos y practicar el rito de lavar a cadáver, vestirlo con ropa limpia y amortajarlo a la morisca.Las amortajadoras aportaron una buena cifra de perseguidos y sentenciados por los tribunales del Santo Oficio en toda la geografía peninsular.
Pero también fueron perseguidos los encargados del acto de sepultar al difunto.Este es el caso de Jerónimo Checlin, enterrador, reclamado, según el proceso, por diversas comunidades por su pericia en darle forma a las fosas y su conocimiento de los ritos musulmanes al situar al difunto en la tumba.
Una parte fundamental del rito de enterramiento islámico consistía en enterrar en tierra virgen, no contaminada por otros enterramientos, ni por detritus animales, en fosa individual, de manera que no pudieran mezclarse los restos de varios difuntos, y con la cabeza mirando hacia la Meca.Sobre el difunto se colocaban lápidas destinadas a que la putrefacción no pudiera mover la cabeza del difunto de su orientación y evitar el acceso de animales a los restos. Entre otras concesiones arrancadas mediante el pago de fuertes sumas a Carlos I, los moriscos obtuvieron licencia para enterrar a sus muertos en cementerios propios separados de los cementerios cristianos. Conseguían así la intimidad suficiente para llevar a cabo los rituales citados.
Cuando se acentuaron las medidas represivas con el cambio de políticas de Felipe II, la Inquisición obligó a los moriscos a vallar sus cementerios primero, con llave para que no pudieran rezar o realizar ceremonias mortuorias no-cristianas. Luego cerraron los fosares y después comenzaron a obligar a los moriscos a enterrarse en el vaso de las Iglesias, lo que no solamente era un mecanismo de control, sino un pingüe negocio para las Parroquias debido al pago de los servicios funerarios a que se obligaba a los nuevos cristianos.